—preguntó—. ¿Al comandante en jefe? Murió a causa de una bala de cañón; le dio en el pecho, delante de nuestro regimiento.
—¡No muerto, herido! —le corrigió otro oficial.
—¿Quién? ¿Kutúzov? —preguntó Rostóv.
—No es Kutúzov, sino cómo se llama... bueno, no importa... ya no quedan muchos con vida. Vaya por ese camino, hacia ese pueblo, todos los comandantes están allí —dijo el oficial, señalando el pueblo de Hosjeradek, y siguió andando.
Rostóv avanzaba al paso, sin saber por qué ni a dónde iba ahora. El emperador estaba herido, la batalla perdida. Ya era imposible dudarlo. Rostóv marchaba en la dirección que le habían señalado, donde veía unas torrecillas y una iglesia. ¿Qué necesidad había de darse prisa? ¿Qué iba a decirle ahora al zar o a Kutúzov, aun estando vivos y ilesos?
—¡Coja este camino, señoría, así lo matarán de inmediato! —le gritó un soldado—. ¡Lo matarían ahí mismo!
—¡Ay, de qué hablas! —dijo otro—. ¿A dónde va a ir? Por ahí está más cerca.
Rostóv lo pensó, y luego fue en la dirección donde le habían dicho que lo matarían.
—Ahora todo da igual. Si el Emperador está herido, ¿voy a intentar salvarme yo? —pensó. Cabalgó hacia la zona donde el mayor número de hombres había perecido al huir de Pratzen. Los franceses aún no habían ocupado esa región, y los rusos —los ilesos y los levemente heridos— la habían abandonado hacía mucho. Por todo el campo, como montones de estiércol en una tierra de labor bien cuidada, yacían entre diez y quince muertos y heridos por cada par de yugadas. Los chinos* se arrastraban de dos en dos y de tres en tres, y se podían oír sus angustiosos