el punto rojo era un fuego, o bien el ojo de un monstruo descomunal. * Quizá estaba sentado de verdad en un carro, pero bien podría ser que no estuviera sentado en un carro sino en una torre terriblemente alta desde la cual, si se caía, tendría que caer durante todo un día o todo un mes, o seguir cayendo sin llegar jamás al fondo. * Tal vez era simplemente el cosaco, Lijachov, quien estaba sentado bajo el carro, pero bien podía ser el hombre más bondadoso, valiente, maravilloso y magnífico del mundo, del cual nadie sabía nada. * Bien podía ser que el húsar hubiera venido por agua y regresado a la hondonada, pero tal vez simplemente se había esfumado—desaparecido por completo
Nada de lo que Pétya hubiera podido ver ahora le habría sorprendido. Estaba en un reino de hadas donde todo era posible.
Alzó los ojos hacia el cielo. Y el cielo era un reino de hadas como la tierra. Se estaba despejando, y por encima de las copas de los árboles las nubes navegaban raudas como descorriendo el velo de las estrellas.
A veces parecía que las nubes pasaban y aparecía un cielo negro y despejado. A veces parecía que los espacios negros eran nubes. A veces el cielo parecía elevarse muy, muy alto por encima de sus cabezas, y luego parecía descender tanto que uno podía tocarlo con la mano.
A Pétya se le empezaron a cerrar los ojos y se tambaleó un poco.
Los árboles goteaban.
Se oían conversaciones en voz baja.
Los caballos relinchaban y se empujaban unos a otros.
Alguien roncaba.
“Ozheg-zheg, ozheg-zheg…” siseaba el sable contra la piedra de afilar, y de