aquí de permiso y se lleva a Nikoláy de vuelta con él. ¡No hay más remedio! —dijo el conde, encogiéndose de hombros y hablando en tono juguetón de un asunto que evidentemente le angustiaba.
—Ya te he dicho, papá —dijo su hijo—, que si no deseas dejarme ir, me quedaré. Pero sé que no sirvo para nada excepto para el ejército; no soy diplomático ni empleado de gobierno, y no sé ocultar lo que siento.
Mientras hablaba, no dejaba de mirar con la coquetería de un joven apuesto a Sónya y a la joven visitante.
La gatita, devorándolo con la vista, parecía lista en cualquier momento para empezar de nuevo sus retozos y mostrar su naturaleza juguetona.
—¡Bueno, bueno! —dijo el viejo conde—. ¡Siempre se enciende! Este Bonaparte les ha vuelto la cabeza a todos; todos