tenían la indulgencia del Papa para hacer labores de lana los domingos. Y ellas mismas se sientan ahí casi desnudas, como los carteles de nuestros Baños Públicos, si se me permite decirlo. Ah, cuando uno mira a nuestros jóvenes, príncipe, a uno le dan ganas de sacar del museo el viejo garrote de Pedro el Grande y apalearlos a la rusa hasta que se les quite toda la tontería”.
Todos guardaban silencio. El viejo príncipe miró a Rostopchín con una sonrisa y movió la cabeza aprobatoriamente.
—Bueno, adiós, Excelencia, ¡que le vaya muy bien! —dijo Rostopchín, levantándose con su característica presteza y tendiéndole la mano al príncipe.
—Adiós, querido amigo. … ¡Sus palabras son música, nunca me canso de escucharle! —dijo el viejo príncipe, sin soltarle la mano y ofreciéndole la mejilla para que se la besara.
Siguiendo el ejemplo de Rostopchín, los demás también se levantaron.
IV
La princesa María, sentada escuchando la conversación y las críticas de los ancianos, no entendía nada de lo que oía; solo se preguntaba si todos los invitados habrían notado la actitud hostil de su padre hacia ella. Ni siquiera advirtió las atenciones especiales y amabilidades que le prodigó durante la cena Borís Drubetskói, quien los visitaba ya por tercera vez.
La princesa María se volvió con una mirada ausente y dubitativa hacia Pierre, quien, con el sombrero en la mano y una sonrisa en el rostro, fue el último de los huéspedes en acercarse a ella después de que el viejo príncipe se hubo marchado y se quedaron a solas en la sala.
—¿Puedo quedarme un poco más? —dijo, dejando caer su corpulento cuerpo en un sillón junto