era Sónya, y esa Sónya era sin duda su futura esposa, feliz y amorosa.
Al llegar a casa y haberle contado a su madre cómo habían pasado la velada en casa de los Melyukóf, las muchachas se fueron a su dormitorio.
Cuando se hubieron desnudado, pero sin quitarse los bigotes de corcho, se sentaron largo rato a hablar de su felicidad. Hablaron de cómo vivirían cuando estuvieran casadas, de cómo sus maridos serían amigos y de lo felices que serían.
Sobre la mesa de Natásha había dos espejos que Dunyásha había preparado de antemano.
—¿Cuándo sucederá todo eso? Me temo que nunca... ¡Sería demasiado hermoso! —dijo Natasha, levantándose y acercándose a los espejos.
—Siéntate, Natasha; tal vez lo veas —dijo Sonia.
Natásha encendió las velas, una a cada lado de uno de los espejos, y se sentó.
—Veo a alguien con