de los funcionarios de intendencia, pedía simplemente el indulto.
“Entrégalo. Parece que…”
No terminó, pero esbozó una sonrisa dolorosamente antinatural.
XIX
Habiendo regresado al regimiento y comunicado al comandante el estado de los asuntos de Denísov, Rostóv cabalgó hacia Tilsit con la carta para el Emperador.
El trece de junio, los emperadores francés y ruso llegaron a Tilsit.
Borís Drubetskóy le había pedido al personaje importante a cuyo servicio se hallaba que lo incluyera en el séquito designado para la estancia en Tilsit.
—Me gustaría ver al gran hombre —dijo, aludiendo a Napoleón, a quien hasta entonces, como todo el mundo, siempre había llamado Buonaparte.
—¿Habláis de Buonaparte? —preguntó el general, sonriendo.
Borís miró a su general con aire inquisitivo e inmediatamente comprendió que lo estaban poniendo a prueba.
—Hablo, príncipe, del emperador Napoleón —respondió este. El general le dio