esta enfermedad, el viejo príncipe no solo la excluyó de su habitación, sino que tampoco admitió a Mademoiselle Bourienne. Solo Tíjon lo atendía.
Al final de la semana el príncipe reapareció y reanudó su anterior modo de vida, entregándose con especial actividad a las obras de construcción y a la disposición de los jardines, y rompiendo por completo sus relaciones con mademoiselle Bourienne.
Su aspecto y su tono frío con su hija parecían decir:
«¿Lo ves? ¿Ves cómo conspiraste contra mí, le mentiste al príncipe Andréy sobre mis relaciones con esa francesa y me hiciste pelearme con él, pero ya ves que no necesito ni de ella ni de ti!».
La princesa María pasaba la mitad de cada día con Nikolúshka, asistiendo a sus lecciones, enseñándole ella misma ruso y música, y hablando con Dessalles; el resto del día lo pasaba entre sus libros, con su antigua nodriza o con los «siervos de Dios» que a veces venían a verla por la puerta trasera.
En la guerra, la princesa María pensaba del modo en que las mujeres piensan en las guerras. Temía por su hermano, que participaba en ella; se horrorizaba y se asombraba ante la extraña crueldad que empuja a los hombres a matarse unos a otros, pero no comprendía el significado de esta guerra, que a ella le parecía igual que todas las anteriores. No comprendía el significado de esta guerra, a pesar de que Dessalles, con quien conversaba constantemente, seguía con apasionado interés el curso de la misma e intentaba explicarle su propia concepción al respecto; a pesar de que la «gente de Dios» que iba a visitarla le transmitía, a su manera, los rumores que corrían entre el