A ese fin se encaminó la actividad de Kutúzov durante toda la campaña desde Moscú hasta Vilna, no de manera casual ni intermitente, sino con tanta consistencia que no se desvió de él ni una sola vez.
Kutúzov sentía y sabía—no por raciocinio o ciencia, sino con todo su ser ruso—lo que sentía cada soldado ruso: que los franceses estaban vencidos, que el enemigo huía y debía ser expulsado; pero al mismo tiempo, al igual que los soldados, comprendía toda la penuria de aquella marcha, cuya rapidez no tenía precedentes para una época del año semejante.
Pero a los generales, especialmente a los extranjeros en el ejército ruso, que deseaban distinguirse, asombrar a alguien y por alguna razón capturar a un rey o a un duque, les parecía que ahora —cuando cualquier batalla tenía que ser horrible y carecer de sentido— era el momento preciso para luchar y conquistar a alguien. Kutúzov se encogía de hombros cuando uno tras otro le presentaban proyectos de maniobras que debían realizar aquellos soldados —mal calzados, insuficientemente vestidos y medio muertos de hambre— que en el espacio de un mes y sin librar una sola batalla se habían reducido a la mitad, y que, en el mejor de los casos, si la huida continuaba, tendrían que recorrer una distancia mayor que la ya andada antes de llegar a la frontera.
Este anhelo de distinguirse, de maniobrar, de derrocar y de cortar se manifestaba en particular cada vez que los rusos tropezaban con el ejército francés.
Así sucedió en Krasnói, donde esperaban encontrar una de las tres columnas francesas y tropezaron en su lugar con el propio Napoleón con dieciséis mil hombres. > A pesar de todos los esfuerzos de Kutúzov