los acusados siempre sienten en sus juicios: la perplejidad de por qué se le hacían aquellas preguntas. Tenía la sensación de que solo por condescendencia o por una especie de cortesía se empleaba ese ardid de colocar un cauce. Sabía que estaba en poder de aquellos hombres, que solo por la fuerza lo habían llevado allí, que la fuerza por sí sola les otorgaba el derecho a exigir respuestas a sus preguntas y que el único objetivo de aquella asamblea era incriminarlo. Y así, dado que tenían el poder y el deseo de incriminarlo, aquel expediente de interrogatorio y juicio parecía innecesario. Era evidente que cualquier respuesta conduciría a la condena. * Cuando le preguntaron qué hacía en el momento de su detención, Pierre respondió de un modo un tanto trágico que le estaba devolviendo a sus padres a una criatura que había salvado de las llamas. * ¿Por qué se había peleado con el merodeador? Pierre respondió que «estaba protegiendo a una mujer» y que «proteger a una mujer a la que estaban insultando era el deber de todo hombre; que...». Lo interrumpieron, pues aquello no venía al caso. * ¿Qué hacía en el patio de una casa en llamas donde los testigos lo habían visto? Respondió que había salido a ver qué pasaba en Moscú. De nuevo lo interrumpieron: no le habían preguntado a dónde iba, sino por qué lo habían encontrado cerca del incendio. * ¿Quién era?, le preguntaron, repitiendo su primera pregunta, a la que él se había negado a responder. De nuevo contestó que no
—Deja eso, es malo… muy malo —observó con severidad el general del bigote blanco y el rostro encendido.
Al cuarto