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nydus/War and PeacePublic
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Parte III

Al borde del camino se erguía un roble. Probablemente diez veces más viejo que los abedules que formaban el bosque, era diez veces más grueso y el doble de alto que ellos.

Era un árbol enorme, cuya circunferencia era el doble de lo que un hombre podía abarca con los brazos, y al parecer, hacía mucho tiempo que algunas de sus ramas se habían roto y su corteza estaba marcada.

Con sus enormes y torpes extremidades extendidas de manera asimétrica, y sus nudosas manos y dedos, se alzaba como un monstruo viejo, severo y desdeñoso entre los sonrientes abedules.

Solo los abetos perennes de aspecto muerto salpicados por el bosque, y este roble, se negaban a ceder al encanto de la primavera o a reparar en la primavera o en el sol.

«¡Primavera, amor, felicidad!», parecía decir este roble. «¿No estáis cansados de ese fraude estúpido, sin sentido y constantemente repetido? ¿Siempre lo mismo y siempre un fraude? ¡No hay primavera, ni sol, ni felicidad! Mirad a esos abetos muertos y atrofiados, siempre los mismos, y a mí también, que extiendo mis dedos rotos y descortezados tal y como han crecido, ya sea de mi espalda o de mis costados: tal como han crecido, así permanezco, y no creo en vuestras esperanzas ni en vuestras mentiras».

Al pasar por el bosque, el príncipe Andréi se volvió varias veces para mirar aquel roble, como si esperara algo de él. Bajo el roble también había flores y hierba, pero él seguía en medio de ellas ceñudo, rígido, deforme y hosco como siempre.

—Sí, el roble tiene razón, mil veces razón —pensó el príncipe Andréi—. ¡Que otros, los jóvenes, vuelvan a entregarse a esa farsa, pero

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