mozo de cuadra lo estaba sacudiendo.
—¡Excelencia! ¡Excelencia! ¡Excelencia! —no paraba de repetir con pertinacia mientras sacudía a Pierre por el hombro sin mirarlo, habiendo perdido al parecer la esperanza de lograr despertarlo.
—¿Qué? ¿Ha empezado? ¿Es la hora? —preguntó Pierre al despertarse.
—Oiga los disparos —dijo el caballerizo, un soldado licenciado—. Todos los señores han salido, y su Alteza Serenísima en persona pasó a caballo hace mucho.
Pierre se vistió apresuradamente y salió al porche. Afuera todo era luminoso, fresco, cubierto de rocío y alegre. El sol, que acababa de asomar por detrás de una nube que lo había ocultado, brillaba —con sus rayos aún medio disipados por las nubes— sobre los tejados de la calle de enfrente, sobre el polvo rociado de rocío del camino, sobre las paredes de las casas, en las ventanas, en la cerca y en