levantarse.
—Debo… debo hablar contigo —dijo el príncipe Andréy—. ¿Sabes aquel par de guantes de mujer? (Se refería a los guantes masónicos que se entregan al hermano recién iniciado para que se los regale a la mujer que ama). Yo… pero no, luego hablaré contigo —y con un brillo extraño en los ojos y una inquietud manifiesta en los movimientos, el príncipe Andréy se acercó a Natasha y se sentó a su lado. Pierre vio cómo el príncipe Andréy le preguntaba algo y cómo ella se sonrojaba al responderle.
Pero en ese momento Berg se acercó a Pierre y comenzó a insistir en que participara en una discusión entre el general y el coronel sobre los asuntos de España.
Berg estaba satisfecho y feliz. La sonrisa de complacencia no se apartaba de su rostro. La velada fue todo un éxito y muy