o la tristeza.
En aquel baile, Pierre se sintió humillado por primera vez debido a la posición que su mujer ocupaba en los círculos de la corte. Estaba sombrío y distraído. Una profunda arruga surcaba su frente y, de pie junto a una ventana, miraba por encima de sus anteojos sin ver a nadie.
De camino a la cena, Natasha pasó junto a él.
La mirada sombría e infeliz de Pierre la impresionó. Se detuvo frente a él. Deseaba ayudarlo, dispensarle la superabundancia de su propia felicidad.
—¡Qué encantador es, Conde! —dijo ella—. ¿A que sí?
Pierre sonrió de manera ausente, sin comprender evidentemente lo que ella decía.
—Sí, estoy muy contento —dijo.
«¿Cómo puede la gente estar descontenta con algo? —pensaba Natasha—. ¡Especialmente con un muchacho tan estupendo como Bezújov!». A los ojos de Natasha, todas las personas del baile