los ulanos, que habían dado uno en honor de su polaca señorita Borzozowska) tendría lugar sin él, sabía que tenía que marcharse de este mundo bueno y luminoso a algún lugar donde todo era estúpido y confuso. Una semana después obtuvo el permiso. Sus camaradas húsares —no solo los de su propio regimiento, sino los de toda la brigada— le ofrecieron a Rostóv una cena cuya suscripción era de quince rublos por cabeza, y en la que hubo dos bandas y dos coros de cantores. Rostóv bailó el trepak con el mayor Básov; los oficiales achispados mantuvieron en el aire, abrazaron y dejaron caer a Rostóv; los soldados del tercer escuadrón también lo mantuvieron en el aire y gritaron «¡ura!», y luego lo metieron en su trineo y lo escoltaron hasta la primera estación depostas.
Durante la primera mitad del viaje—de Kremenchúg a Kiev—, todos los pensamientos de Rostov, como es habitual en tales casos, se quedaron atrás, con el escuadrón; pero cuando hubo recorrido más de la mitad, empezó a olvidar a sus tres tordos ruanos y a Dozhoyvéyko, su intendente, y a preguntarse con ansiedad cómo estarían las cosas en Otrádnoe y qué encontraría allí. Los pensamientos sobre el hogar se hacían más intensos cuanto más se acercaba; mucho más intensos, como si este sentimiento suyo estuviera sujeto a la ley por la cual la fuerza de atracción es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. En la última posta antes de Otrádnoe, le dio al cochero una propina de tres rublos y, al llegar, subió corriendo sin aliento, como un muchacho, los escalones de su casa.
Tras el éxtasis del reencuentro, y tras esa extraña sensación de expectativa insatisfecha