solo había comprendido el significado de sus palabras después de haberlas pronunciado.
Hablaba con tanta seguridad en sí mismo que sus oyentes no sabían si lo que decía era muy ingenioso o muy estúpido.
Iba vestido con una casaca verde oscura, calzón corto del color que él llamaba cuisse de nymphe effrayée, zapatos y medias de seda.
El vizconde contó su anécdota con mucha gracia. Tratábase de un lance, muy comentado por entonces, según el cual el duque de Enghien había ido en secreto a París para visitar a Mademoiselle George; que en casa de ella se había topado con Bonaparte, quien también gozaba de los favores de la famosa actriz, y que en su presencia Napoleón había sufrido casualmente uno de los desmayos a los que era propenso, quedando así a merced del duque. Este le perdonó la vida, magnanimidad que Bonaparte pagaría más tarde con la muerte.
La historia era muy bonita e interesante, sobre todo en el momento en que los rivales se reconocieron de repente; y las damas se veían conmovidas.
—¡Encantadora! —dijo Anna Pávlovna con una mirada inquisitiva hacia la pequeña princesita.
«¡Qué encanto!», susurró la mujercita, clavando la aguja en su labor como para testimoniar que el interés y la fascinación del relato le impedían continuar con ella.
El vizconde apreció aquella alabanza silenciosa y, sonriendo con gratitud, se dispuso a continuar, pero en ese mismo momento Anna Pávlovna, que no había perdido de vista al joven que tanto la alarmaba, advirtió que este hablaba con demasiada fuerza y vehemencia con el abate, por lo que acudió apresuradamente al rescate. Pierre se las habías arreglado