franceses que atacaban, de repente y sin razón aparente, retrocedieron corriendo y desaparecieron de las afueras, y los tiradores rusos hicieron su aparición en el bosquecillo. Era la compañía de Timójin, la única que había conservado el orden en el bosque y que, tras haber estado emboscada en una zanja, atacó ahora a los franceses inesperadamente. Timójin, armado tan solo con una espada, se habia lanzado contra el enemigo con un grito tan desesperado y una determinación tan alocada y furiosa que, cogidos por sorpresa, los franceses habían arrojado sus fusiles y huido. Dólokhov, corriendo junto a Timójin, mató a un francés a quemarropa y fue el primero en agarrar por el cuello al oficial francés que se rendía. Nuestros fugitivos regresaron, los batallones se reagruparon y los franceses, que casi habían partido en dos nuestro flanco izquierdo, fueron momentáneamente rechazados. Nuestras unidades de reserva pudieron unirse y el combate llegó a su fin.
El comandante del regimiento y el mayor Ekonómov se habían detenido junto a un puente, dejando pasar a las compañías en retirada, cuando un soldado se acercó y se agarró del estribo del comandante, casi recostándose contra él.
El hombre llevaba un capote de paño azulado, no tenía mochila ni gorra, la cabeza la llevaba vendada y al hombro cruzaba una cartuchera francesa. En la mano llevaba la espada de un oficial.
El soldado estaba pálido, sus ojos azules miraban con insolencia el rostro del comandante y sus labios sonreían. Aunque el comandante estaba ocupado dando instrucciones al mayor Ekonómov, no pudo evitar reparar en el soldado.
—Su excelencia, aquí tiene dos trofeos —dijo