en escabeche, la miel y el licor de cereza del «Tío» le habían parecido los mejores del mundo, también aquella canción, en aquel momento, le pareció la cúspide del deleite
—¡Más, por favor, más! —gritó Natasha en la puerta tan pronto como cesó la balalaika.
Mitka afinó de nuevo y reanudó el rasgueo de la balalaika al son de «Mi Señora», con trinos y variaciones.
El «Tío» se sentó a escuchar, sonriendo levemente, con la cabeza inclinada hacia un lado. La melodía se repitió cien veces. La balalaika fue reafinada varias veces y se volvieron a rasguear las mismas notas, pero los oyentes no se cansaban y deseaban escucharla una y otra vez.
Anisia Fiódorovna entró y recostó su corpulenta figura contra el quicio de la puerta.
—¿Te gusta escuchar? —le dijo a Natasha con una sonrisa sumamente parecida a la