se detuvieron detrás de él sin atreverse a distraer su atención. Miraba ahora las alturas de Pratzen, ahora el sol que emergía flotando de la bruma.
Cuando el sol hubo emergido por completo de la niebla, y los campos y la bruma resplandecían con una luz deslumbrante —como si solo hubiera aguardado esto para dar comienzo a la acción—, se quitó el guante de su mano blanca y bien formada, hizo una seña con él a los mariscales y ordenó que comenzara la acción. Los mariscales, acompañados de ayudantes, galoparon en distintas direcciones, y pocos minutos después las principales fuerzas del ejército francés avanzaron rápidamente hacia aquellas alturas de Pratzen, cada vez más desguarnecidas por las tropas rusas que bajaban al valle por su izquierda.
XV
A las ocho en punto, Kutúzov cabalgó hacia Pratzen al frente de la cuarta columna, la de Milorádovich, la que debía ocupar el puesto de las columnas de Przebyszéwski y Langeron que ya habían bajado al valle. Saludó a los hombres del regimiento de vanguardia y les dio la orden de marchar, indicando con ello que se proponía dirigir él mismo esa columna. Al llegar a la aldea de Pratzen, se detuvo. El príncipe Andréi iba atrás, entre la inmensa cantidad de personas que formaban el séquito del comandante en jefe. Se encontraba en un estado de agitación contenida e irritación, aunque con la calma controlada propia de alguien que se halla ante la proximidad de un momento tanto tiempo esperado. Estaba firmemente convencido de que aquel era el día de su Tolón, o de su puente de Arcole. Cómo se produciría no lo sabía, pero sentía la seguridad de que así sería. El terreno