emitir en los mismos intervalos y sostener durante el mismo tiempo, pero que mil veces lo dejan a uno frío y la mil y primera vez lo estremecen y lo hacen llorar.
Natásha, aquel invierno, había empezado por primera vez a cantar en serio, sobre todo porque a Denísov le entusiasmaba oírla cantar. Ya no cantaba como una niña, ya no se advertía en su canto aquel efecto cómico, infantil y esforzado de antes; pero todavía no cantaba bien, como decían todos los conocedores que la escuchaban: «No está cultivada, pero es una hermosa voz que hay que cultivar».
Solo que solían decir esto un tiempo después de que ella terminara de cantar. Mientras sonaba aquella voz inculta, de respiración incorrecta y transiciones laboriosas, ni siquiera los conocedores decían nada, sino que se limitaban a disfrutarla y deseaban volver a oírla.
Había en su voz una frescura virginal, una inconscuencia de sus propias facultades y una blandura aterciopelada todavía por pulir que se mezclaban de tal modo con su falta de arte al cantar que parecía imposible alterar nada en esa voz sin estropearla.
—¿Qué es esto? —pensó Nikoláy, escuchándola con los ojos muy abiertos—. ¿Qué le ha pasado? ¡Cómo canta hoy! —Y de repente todo su mundo se concentró en la expectación de la siguiente nota, de la siguiente frase, y todo en el mundo se dividió en tres tiempos:— «Oh mio crudele affetto».… Un, dos, tres… un, dos, tres… Un… «Oh mio crudele affetto».… Un, dos, tres… Un. «¡Oh, esta vida nuestra sin sentido! —pensó Nikoláy—. Toda esta miseria, y el dinero, y Dólokhov, y la ira, y el honor— todo