Miraba ora al regimiento de caballería que se había cruzado con el convoy de heridos, ora al carro junto al cual estaba de pie, en el que iban dos heridos sentados y uno tumbado. Uno de los que iban sentados en el carro probablemente había sido herido en la mejilla. Tenía toda la cabeza envuelta en trapos y una mejilla hinchada del tamaño de la cabeza de un niño. La nariz y la boca se le veían torcidas hacia un lado. Este soldado miraba hacia la catedral y se hacía la señal de la cruz. Otro, un muchacho joven, un recluta rubio y tan pálido como si no tuviera sangre en su rostro delgado, miraba a Pierre con bondad y una sonrisa fija. El tercero yacía tendido boca abajo, por lo que no se le veía la cara. Los cantores de la caballería pasaban muy cerca:
Ah, perdido, bien perdido... ¿es tan aguda mi cabeza, viviendo en tierra extraña...?
cantaron la canción de su danza de soldados.
Como respondiendo a ellas pero con un júbilo diferente, el sonido metálico de las campanas repiqueteó en lo alto y los cálidos rayos del sol bañaron la cima de la colina de enfrente con otra clase de júbilo más.
Pero al pie de la colina, junto al carro con los heridos, cerca del jamelgo jadeante donde estaba Pierre, todo era humedad, sombría oscuridad y tristeza.
El soldado con la mejilla hinchada miró con ira a los cantantes de la caballería.
—¡Oh, los presumidos! —murmuró con reproche.
—No son solo los soldados, sino que hoy también he visto campesinos. […] Los campesinos, hasta ellos tienen que ir —dijo el soldado detrás del carro, dirigiéndose a