lo había hecho. Actuó como lo hacía en la caza, sin reflexionar ni meditar. Vio a los dragones cerca y que galopaban en desorden; sabía que no podían resistir un ataque; sabía que solo existía ese momento y que, si lo dejaba escapar, no volvería. Las balas zumbaban y silviaban de un modo tan estimulante a su alrededor y su caballo estaba tan ansioso por avanzar que no pudo contenerse. Espoleó a su caballo, dio la orden y de inmediato, oyendo a sus espaldas el tropel de los caballos de su escuadrón desplegado, cabalgó a pleno trote cuesta abajo hacia los dragones. Apenas habían llegado al pie de la colina cuando su ritmo cambió instintivamente a galope, el cual se hacía cada vez más rápido a medida que se acercaban a nuestros ulanos y a los dragones franceses que los perseguían. Los dragones ya estaban cerca. Al ver a los húsares, los de adelante comenzaron a girar, mientras que los de atrás empezaron a detenerse. Con el mismo sentimiento con el que había galopado para cortarle el paso a un lobo, Rostóv le dio rienda suelta a su caballo del Donets y galopó para interceptar la trayectoria de las líneas desordenadas de los dragones. Un ulano se detuvo, otro que iba a pie se tiró al suelo para evitar ser atropellado, y un caballo sin jinete se metió entre los húsares. Casi todos los dragones franceses huían al galope. Rostóv, eligiendo a uno que montaba un caballo tordillo, se lanzó tras él. Por el camino se topó con un arbusto, su gallardo caballo lo saltó y, casi antes de haberse acomodado en la silla, vio que alcanzaría de inmediato al enemigo que había elegido. Aquel francés, que por su uniforme era oficial,
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