enrollándose las riendas en las manos, y la troika se precipitó por el bulevar Nikítski.
“¡Tprú! ¡Apártate! ¡Hola!... ¡Tprú!...” Los gritos de Balagá y del fornido muchacho sentado en el pescante era lo único que se oía. En la plaza del Arbát, la troika rozó contra un carruaje; algo crujió, se oyeron gritos y la troika echó a volar por la calle Arbát.
Después de dar una vuelta por el bulevar Podnovínski, Balagá empezó a contener las riendas y, volviéndose, se detuvo en el cruce de la antigua calle Konyúsheny.
El joven del pescante saltó para sujetar a los caballos y Anatol y Dólokhov caminaron por la acera. Al llegar a la puerta, Dólokhov silbó. Le respondieron al silbido y una criada salió corriendo.
“Ven al patio o te verán; ella saldrá en seguida”, dijo ella.
Dólokhov se