«¡Nosotros en Francia no prestamos atención a esas pequeñeces!». El emperador no se dignó a responder. En la siguiente revista, según dicen, el emperador no se dignó a dirigirle la palabra ni una sola vez.
Todos guardaban silencio. Sobre este hecho referente en persona al Emperador, era imposible emitir juicio alguno.
—¡Impertinentes! —dijo el príncipe—. ¿Conocen a Métivier? Lo eché de mi casa esta mañana. Estaba aquí; lo dejaron entrar a pesar de mi pedido de que no dejaran entrar a nadie —continuó, mirando con enojo a su hija.
Y relató toda su conversación con el médico francés y los motivos que le convencían de que Métivier era un espía.
Aunque estos motivos eran muy insulsos y oscuros, nadie le replicó.
Después del asado, se sirvió champaña. Los invitados se levantaron para felicitar al viejo príncipe. La princesa