solo parece falso e irracional, sino contrario a toda la realidad humana. Ante la pregunta de cuáles son las causas de los acontecimientos históricos, se presenta otra respuesta, a saber: que el curso de los acontecimientos humanos está predeterminado desde lo alto, depende de la coincidencia de las voluntades de todos los que toman parte en los acontecimientos, y que la influencia de un Napoleón en el curso de estos acontecimientos es puramente externa y ficticia.
Por extraño que a primera vista pueda parecer suponer que la matanza de San Bartolomé no se debió a la voluntad de Carlos IX, a pesar de haber dado la orden y de haber creído que se hizo como resultado de ella; y por extraño que pueda parecer suponer que la matanza de ochenta mil hombres en Borodinó no se debió a la voluntad de Napoleón, a pesar de haber ordenado el inicio y la conducción de la batalla y de haber creído que se hizo porque él lo ordenó; por extrañas que estas suposiciones parezcan, la dignidad humana —que me dice que cada uno de nosotros es, si no más, al menos no menos hombre que el gran Napoleón— exige que se acepte tal solución del problema, y la investigación histórica la confirma abundantemente.
En la batalla de Borodinó, Napoleón no disparó a nadie ni mató a nadie. De todo eso se encargaron los soldados. Por lo tanto, no fue él quien mató a la gente.
Los soldados franceses fueron a matar y a morir en la batalla de Borodinó no por las órdenes de Napoleón, sino por su propia voluntad. Todo el ejército —francés, italiano, alemán, polaco y holandés—, hambriento, harapiento y cansado