pasaba con los Rostov, había otras que de algún modo tenía que pasar, y los hábitos y amistades que había hecho en Moscú formaban una corriente que lo arrastraba irresistiblemente. Pero últimamente, cuando llegaban noticias cada vez más inquietantes del teatro de la guerra y la salud de Natasha empezó a mejorar y ella ya no despertaba en él aquel sentimiento anterior de cautelosa compasión, una inquietud cada vez mayor, que no lograba explicarse, se apoderó de él. Sentía que el estado en que se encontraba no podía durar mucho tiempo, que se avecinaba una catástrofe que
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