pastor guía cada atardecer a un cercado especial para alimentarlo y que se vuelve dos veces más gordo que los demás debe de parecer un genio. Y debe de antojarse como una asombrosa conjunción de genio con toda una serie de casualidades extraordinarias que este carnero, que en vez de meterse en el redil general cada atardecer va a un cercado especial donde hay avena—que este mismísimo carnero, henchido de grasa, sea sacrificado para comer.
Pero a los carneros les basta con dejar de suponer que todo lo que les sucede ocurre únicamente para lograr sus ovinos propósitos; les basta con admitir que lo que les sucede también puede tener fines que están más allá de su comprensión, y de inmediato percibirán una unidad y coherencia en lo que le sucedió al carnero que fue engordado.
Aun si no saben con qué propósito son engordados, sabrán al menos que todo lo que le sucedió al carnero no ocurrió por casualidad, y ya no necesitarán los conceptos de azar o de genio.
Sólo renunciando a nuestra pretensión de discernir un propósito inmediatamente inteligible para nosotros, y admitiendo que el propósito último está más allá de nuestro alcance, podemos discernir la sucesión de experiencias en las vidas de los personajes históricos y percibir la causa del efecto que producen (inconmensurable con las capacidades humanas ordinarias), y entonces las palabras azar y genio se vuelven superfluas.
Solo necesitamos confesar que no conocemos el propósito de las conmociones europeas y que solo conocemos los hechos—es decir, los asesinatos, primero en Francia, luego en Italia, en África, en Prusia, en Austria, en España y en Rusia—y que los movimientos del oeste al este y del este al oeste constituyen la esencia y el