vino.
—¿No deberíamos mandar a buscar ahora a Alfons Kárlovich? —preguntó Borís—. Él bebería contigo. Yo no puedo.
—Bueno, hazle llamar… ¿y qué tal te llevas con ese alemán? —preguntó Rostóv con una sonrisa despectiva.
—Es un muchacho muy, muy simpático, honesto y agradable —respondió Borís.
De nuevo Rostóv miró fijamente a los ojos de Borís y suspiró. Berg regresó, y al calor de la botella de vino la conversación entre los tres oficiales se animó. Los guardias le contaron a Rostóv sobre su marcha y cómo habían sido agasajados en Rusia, Polonia y el extranjero. Hablaron de los dichos y hechos de su comandante, el Gran Duque, y narraron anécdotas sobre su bondad e irascibilidad. Berg, como de costumbre, guardó silencio cuando el tema no se relacionaba con él, pero a propósito de las historias sobre el carácter irascible del