un espectáculo majestuoso y agradable. Pero los visitantes no reflexionaban en que, además de las dos horas durante las cuales veían a su anfitrión, había también veintidós horas al día en las que la vida privada e íntima de la casa continuaba.
Últimamente, aquella vida privada se le había vuelto muy difícil a la princesa María. Allí en Moscú carecía de sus mayores placeres —las charlas con los peregrinos y la soledad que la reponía en Calvos Montes—, y no tenía ninguna de las ventajas y placeres de la vida urbana. No salía a la sociedad; todo el mundo sabía que su padre no la dejaba ir a ninguna parte sin él, y la salud precaria de este le impedía salir a él mismo, de modo que no la invitaban a cenas ni a tertulias. Había abandonado por completo la esperanza de casarse. Veía la frialdad y la malevolencia con que el viejo príncipe recibía y despedía a los jóvenes, posibles pretendientes, que a veces aparecían por su casa. No tenía amigas: durante aquella estancia en Moscú se había desilusionado de las dos que le habían sido más cercanas. Mademoiselle Bourienne, con quien nunca había podido ser del todo sincera, se le había vuelto antipática y, por diversos motivos, la princesa María la evitaba. Julie, con quien se había estado carteando los últimos cinco años, estaba en Moscú, pero al verse resultaron ser por completo ajenas la una a la otra. Por entonces Julie, convertida por la muerte de sus hermanos en una de las herederas más ricas de Moscú, se hallaba en pleno torbellino de los placeres mundanos. Estaba rodeada de jóvenes que, según