frecuentes silencios y todos sintieron que ya no quedaba nada más que decir.
Durante una de estas pausas, Kutúzov suspiró profundamente como si se dispusiera a hablar. Todos lo miraron.
—Bien, caballeros, veo que soy yo quien va a tener que pagar los platos rotos —dijo, y levantándose lentamente, se acercó a la mesa.
—Caballeros, he escuchado sus opiniones. Algunos de ustedes no estarán de acuerdo conmigo. Pero yo —hizo una pausa—, por la autoridad que me confieren mi soberano y mi patria, ordeno la retirada.
Después de aquello, los generales empezaron a dispersarse con la solemnidad y el circunspecto silencio de quienes se marchan después de un funeral.
Algunos de los generales, en voz baja y en un tono muy diferente al con que habían hablado durante el consejo, le comunicaron algo a su comandante en jefe.
Malásha, a