cara alegre y sonriente, Pierre clasificaba sus compras.
—¿Qué le parece esto? —dijo, desenrollando una pieza de tela como un dependiente de tienda.
Natásha, que estaba sentada enfrente de él con su hija mayor en el regazo, apartó rápidamente los ojos brillantes de su esposo para mirar las cosas que él le mostraba.
–¿Eso es para Belóva? ¡Excelente! –Palpó la calidad de la tela–. Supongo que costaría un ruble el arshin, ¿no?
Pierre le dijo el precio.
—¡Demasiado caro! —observó Natasha—. ¡Qué contentos se van a poner los niños, y mamá también! Solo que no hacía falta que me compraras esto —añadió, incapaz de reprimir una sonrisa mientras contemplaba con admiración una peineta de oro con perlas incrustadas, de un tipo que entonces empezaba a ponerse de moda.
—Adèle me tentó: no paraba de decirme que lo comprara —respondió Pierre.
—¿Cuándo me lo