al encuentro en el umbral.
—¿Ha hablado? ¿Sí? ¿Ha hablado? —repitió ella.
Y en la cara de Natasha se instaló una expresión alegre y a la vez patética que parecía pedir perdón por su alegría.
“Quería escuchar en la puerta, pero sabía que me lo dirías”.
Por comprensible y conmovedora que le pareciera a la Princesa María la mirada con que Natasha la observaba, y por mucha pena que le diera ver su agitación, estas palabras le dolieron por un momento. Recordó a su hermano y el amor de este.
—Pero ¿qué se le va a hacer? Ella no tiene la culpa —pensó la princesa.
Y con una mirada triste y bastante severa, le contó a Natasha todo lo que Pierre había dicho. Al enterarse de que él iba a Petersburgo, Natasha quedó asombrada.
—¡A Petersburgo! —repitió ella como si fuera incapaz de