sencillos alimentos, trabaja en la ciencia. Me recibió con gracia y me hizo sentar en el lecho en el que yacía. Hice la señal de los Caballeros de Oriente y de Jerusalén, y él respondió de la misma manera, preguntándome con una sonrisa apacible qué había aprendido y ganado en las logias prusiana y escocesa. Se lo conté todo lo mejor que supe, y le hablé de lo que había propuesto a nuestra logia de San Petersburgo, del mal recibimiento que había hallado y de mi ruptura con los Hermanos. Ósip Alekséievich, tras permanecer en silencio y reflexivo durante un buen rato, me expuso su punto de vista sobre el asunto, el cual iluminó de golpe para mí todo mi pasado y el camino futuro que debía seguir. Me sorprendió al preguntarme si recordaba el triple fin de la orden: (1) La conservación y el estudio del misterio. (2) La purificación y reforma de uno mismo para su recepción, y (3) El mejoramiento del género humano esforzándose por dicha purificación. ¿Cuál es el fin principal de estos tres? Ciertamente la autorreforma y la autopurificación. Solo hacia este fin podemos esforzarnos siempre con independencia de las circunstancias. Pero al mismo tiempo este mismo fin nos exige los mayores esfuerzos; y así, extraviados por el orgullo, perdiendo de vista este fin, nos ocupamos ya sea del misterio que en nuestra impureza somos indignos de recibir, o bien buscamos la reforma del género humano al tiempo que nosotros mismos damos ejemplo de bajeza y disipación. El iluminismo no es una doctrina pura, precisamente porque se siente atráido por la actividad social y vanagloriado por el orgullo. Por este motivo Ósip Alekséievich condenó mi discurso y toda
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Parte III
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