hasta el primero de septiembre nada de eso había ocurrido. Como el criminal que es conducido a la ejecución sabe que va a morir de inmediato, pero aun así mira a su alrededor y se endereza la gorra que lleva torcida en la cabeza, así Moscú continuaba involuntariamente con su vida habitual, aunque sabía que se acercaba el tiempo de su destrucción, cuando las condiciones de vida a las que sus gentes estaban acostumbradas a someterse quedarían por completo trastornadas.
Durante los tres días que precedieron a la ocupación de Moscú, toda la familia Rostóv estuvo absorbida por diversas actividades.
El jefe de la familia, el conde Iliá Andréievich, recorría continuamente la ciudad recopilando los rumores del momento por todas partes y daba órdenes superficiales y apresuradas en casa sobre los preparativos para su partida.
La condesa presenció cómo empaquetaban las cosas, no estaba satisfecha con nada, perseguía constantemente a Pétya, que siempre huía de ella, y sentía celos de Natásha, con quien él pasaba todo el tiempo.
Sónya era la única que dirigía la parte práctica de los asuntos organizando el empaquetado. Pero últimamente Sónya había estado especialmente triste y callada. La carta de Nicolás en la que mencionaba a la princesa Márya había provocado, en su presencia, alegres comentarios de la condesa, quien veía en este encuentro entre la princesa y Nicolás la intervención de la Providencia.
—Nunca me gustó el compromiso de Bolkónski con Natásha —dijo la condesa—, pero siempre quise que Nikólenka se casara con la princesa, y tenía el presentimiento de que sucedería. ¡Qué buena cosa sería!
Sónya sentía que esto era verdad: que la única posibilidad de enderezar los asuntos de los Rostóv era que