Sergio. Se la consideraba un modelo de elocuencia eclesiástica y patriótica. El mismo príncipe Vasili, famoso por su elocución, iba a leerla. (Solía leer en casa de la Emperatriz). El arte de su lectura consistía en salmodiar las palabras, con total independencia de su significado, con voz alta y cantarina, alternando entre un lamento desesperado y un tierno murmullo, de modo que el lamento caía por completo al azar sobre una palabra y el murmullo sobre otra. Esta lectura, como siempre ocurría en las veladas de Ana Pávlovna, tenía un significado político. Aquella tarde esperaba a varios personajes importantes a los que quería hacer avergonzar de sus visitas al teatro francés y despertarles el fervor patriótico. Ya había llegado bastante gente, pero Ana Pávlovna, al no ver todavía en su salón a todos los que deseaba, no dejó que comenzara la lectura, sino que dio cuerda a la conversación general.
La noticia del día en Petersburgo era la enfermedad de la condesa Bezúkhova. Había enfermado inesperadamente unos días antes, había faltado a varias reuniones de las que solía ser el adorno y se decía que no recibía a nadie y que, en lugar de los célebres médicos de Petersburgo que la atendían habitualmente, se había puesto en manos de cierto médico italiano que la trataba de un modo nuevo e insólito.
Todos sabían muy bien que la enfermedad de la encantadora condesa provenía de un inconveniente resultante de haberse casado con dos maridos al mismo tiempo, y que la cura del italiano consistía en eliminar tal inconveniente; pero en presencia de Anna Pávlovna nadie se atrevía a pensar en ello ni siquiera a dar muestras de saberlo.
“Dicen que