condesa, un hombre de «lengua afilada», como decían en la alta sociedad de Moscú. Parecía condescender con su compañero. Este último, un oficial de la Guardia fresco, rosado, irreprochablemente lavado, cepillado y abotonado, sostenía la pipa en el centro de los labios y, con sus labios rojos, inhalaba suavemente el humo, dejándolo escapar en anillos de su hermosa boca. Se trataba del teniente Berg, oficial del regimiento de Semiónov con quien Borís iba a viajar para unirse al ejército, y de quien Natasha se había burlado ante su hermana mayor Vera, hablando de Berg como su «prometido». El conde se sentaba entre ellos y escuchaba atentamente. Su pasatiempo favorito, cuando no jugaba al boston —un juego de cartas que le gustaba mucho—, era el de oyente, especialmente cuando lograba enfrentar a dos conversadores locuaces el uno contra el otro.
—Bueno, pues, viejo amigo, mon très honorable Alphonse Kárlovich —dijo Shinshín, riendo con ironía y mezclando las expresiones rusas más ordinarias con las frases francesas más selectas, lo cual era una peculiaridad de su forma de hablar—. Vous comptez vous faire des rentes sur l’état; ¿quieres sacar algo de tu compañía?
—No, Piotr Nikoláevich; solo quiero demostrar que en la caballería las ventajas son mucho menores que en la infantería. Piense usted en mi propia situación ahora, Piotr Nikoláevich...
Berg hablaba siempre en voz baja, con educación y gran precisión. Su conversación giraba siempre en torno a él mismo; permanecía tranquilo y callado cuando la charla trataba sobre cualquier tema que no tuviera una relación directa con su persona. Podía estar callado durante horas sin sentirse en absoluto desconcertado ni incomodar a