Ana Mijáilovna contemplaba la refinada tristeza que unía a su hijo con la rica Julie con emoción y resignación a la voluntad divina.
—Siempre eres tan encantadora y melancólica, querida Julie —le dijo a la hija—. Borís dice que su alma encuentra reposo en vuestra casa. Ha sufrido tantas decepciones y es tan sensible —le dijo a la madre—. Ah, querida, no te puedo decir cuánto le he tomado cariño a Julie últimamente —le dijo al hijo—. Pero ¿quién no iba a quererla? ¡Es un ser angélico! Ah, Borís, Borís! —hizo una pausa—. Y cuánto compadezco a su madre —continuó—; hoy me ha enseñado sus cuentas y las cartas de Penza (tienen fincas enormes allí), y ella, pobrecita, no tiene a nadie que la ayude, ¡y cómo la engañan!
Borís sonrió casi imperceptiblemente mientras escuchaba a su madre. Se reía con blandura de la ingenua diplomacia de esta, pero escuchaba lo que tenía que decirle y, a veces, le preguntaba con cautela sobre las haciendas de Pénza y Nizhni Nóvgorod.
Julie llevaba mucho tiempo esperando una proposición de su melancólico adorador y estaba lista para aceptarla; pero cierto sentimiento secreto de repulsión hacia ella, hacia su apasionado deseo de casarse, hacia su artificialidad, y un sentimiento de horror ante la idea de renunciar a la posibilidad de un amor verdadero aún retenían a Borís. Su permiso estaba a punto de expirar. Pasaba todos los días y jornadas enteros en casa de los Karágin, y todos los días, al meditar el asunto, se decía que se le declararía al día siguiente. Pero en presencia de Julie, al mirar su rostro y su barbilla enrojecidos (casi siempre empolvados),