derecha y salió al camino real en Krasnoye. Y allí, como en un juego de la gallinita ciega, los franceses chocaron contra nuestra vanguardia. Al ver al enemigo de forma inesperada, los franceses se desorientaron y se detuvieron en seco por el susto repentino, pero luego reanudaron su huida, abandonando a sus camaradas que venían más atrás. Entonces, durante tres días, partes separadas del ejército francés —primero la de Murat (la del virrey), luego la de Davout y después la de Ney— pasaron, por así decirlo, por el suplicio de las horcas cáudinas del ejército ruso. Se abandonaron unos a otros, abandonaron todo su pesado equipaje, su artillería y a la mitad de sus hombres, y huyeron, repasando a los rusos de noche mediante semicírculos hacia la derecha.
Ney, que llegó el último, se había estado ocupando en hacer volar las murallas de Smolensko que no estorbaban a nadie, porque a pesar de la desafortunada situación de los franceses o a causa de ella, querían castigar el suelo contra el cual se habían hecho daño.
Ney, que había tenido un cuerpo de diez mil hombres, alcanzó a Napoleón en Orsha con apenas mil hombres restantes, habiendo abandonado a todos los demás y todos sus cañones, y habiendo cruzado el Dniéper por la noche sigilosamente en un paraje boscoso.
De Orsha huyeron más lejos por el camino de Vilna, jugando aún a la gallina ciega con el ejército perseguidor. En el Beresina volvieron a desorganizarse, muchos se ahogaron y muchos se rindieron, pero los que lograron cruzar el río huyeron más allá. Su jefe supremo se puso un abrigo de pieles y, habiéndose sentado en un trineo, galopó solo, abandonando