la tarde, los cuatro carruajes de los Rostóv, repletos y con los caballos ya yugados, estaban parados junto a la puerta principal. Uno por uno, los carros con los heridos habían salido del patio.
El carruaje en el que llevaban al príncipe Andréy llamó la atención de Sónya al pasar frente al pórtico.
Con la ayuda de una criada, ella estaba acomodando un asiento para la condesa en el enorme y alto carruaje que estaba detenido en la entrada.
—¿De quién es ese carruaje? —inquirió, asomándose por la ventanilla del coche.
—Pues, ¿no lo sabía, señorita? —respondió la doncella—. El príncipe herido: pasó la noche en nuestra casa y se viene con nosotros.
“¿Pero quién es? ¿Cómo se llama?”
—Es nuestro prometido que... ¡el mismo príncipe Bolkónski! Dicen que se está muriendo —respondió la criada con un suspiro.
Sónya saltó