botas y lino, que habían repartido entre los prisioneros para que les confeccionaran botas y camisas.
—¡Listo, listo, querido amigo! —dijo Karatáev, saliendo con una camisa doblada prolijamente.
Karatáev, a causa del tiempo caluroso y para mayor comodidad en el trabajo, llevaba puestos únicamente unos pantalones y una camisa harapienta tan negra como el hollín. Llevaba el pelo atado, al estilo de los obreros, con un trozo de corteza de tilo, y su cara redonda parecía más redonda y agradable que nunca.
«¡Una promesa es hermana gemela de los hechos! Dije que el viernes y aquí está, lista», dijo Platón, sonriendo y desdoblando la camisa que había cosido.
El francés miró a su alrededor con inquietud y luego, como si venciera su vacilación, se quitó rápidamente el uniforme y se puso la camisa. Llevaba un chaleco largo, grasiento y de seda floreada sobre su cuerpo cetrino, flaco