se sintieron impresionados de igual modo al ver los pasos rápidos y firmes de Rostóv y su rostro resuelto y fruncido.
Después de que los húsares hubieran llegado al pueblo y Rostóv hubiera ido a ver a la princesa, cierta confusión y disensión se había levantado entre la multitud.
Algunos de los campesinos decían que estos recién llegados eran rusos y podían tomar a mal que se retuviera a la ama. Dron era de esta opinión, pero tan pronto como la expresó, Karp y otros atacaron a su exatamán.
—¿Cuántos años llevas engordando a costa de la comuna? —le gritó Karp—. ¡Te da lo mismo! Desenterrarás tu olla de dinero y te la llevarás contigo… ¡Qué te importa a ti que nuestras casas se arruinen o no!
—¡Se nos ha ordenado mantener el orden, que nadie salga de sus casas ni se lleve ni un solo grano, y eso es todo! —gritó otro.
—Le tocaba el turno de reclutamiento a tu hijo, ¡pero no hay cuidado! A ti te dolía dar a tu hijo zopenco —comenzó a arremeter de pronto un viejecito contra Dron—, ¡y así se llevaron a mi Vánka para afeitarle la cabeza para soldado! Pero todos tenemos que morir.
—Desde luego, todos tenemos que morir. No estoy en contra de la comuna —dijo Dron.
“¡Eso es, no en contra! Te has llenado la panza. …”
Los dos altos campesinos dijeron lo suyo. Tan pronto como Rostóv, seguido por Ilyín, Lavrúshka y Alpátych, se acercó a la multitud, Karp, metiéndose los dedos en el cinturón y sonriendo un poco, dio un paso al frente. Dron, por el contrario, se retirá hacia el fondo y la multitud se apretó más.
—¿Quién