llegarían ese día. Un funcionario con botas de fieltro y uniforme de comisaría corría de un lado para otro y contemplaba las ruinas de Moscú, anunciando a grandes voces sus observaciones sobre lo que se había quemado y qué parte de la ciudad era esta o aquella que podían divisar. Un tercer oficial, que por su acento era polaco, discutía con el oficial de comisaría, argumentando que se equivocaba al identificar los distintos barrios de Moscú.
—¿Sobre qué están discutiendo? —dijo el mayor con enojo—. ¿Qué más da que sea san Nicolás o san Blas? Ya ve que se ha quemado, y se acabó. … ¿A qué viene ese empujón? ¿Acaso no es lo bastante ancho el camino? —dijo, volviéndose hacia un hombre detrás de él que no lo estaba empujando en absoluto.
“¡Oh, oh, oh! ¿Qué han hecho?”, se oía decir a los prisioneros de un lado y de otro mientras contemplaban las ruinas carbonizadas.
“Todo lo del otro lado del río, y Zúbova, y en el Krémlin... ¡Miren nada más! No ha quedado ni la mitad. Sí, ya se lo decía yo: todo el barrio del otro lado del río, y así es”.
—Bueno, ya sabes que está quemado, así que ¿de qué sirve hablar? —dijo el comandante.
Al pasar cerca de una iglesia en Khamóvniki (uno de los pocos barrios de Moscú que no se habían quemado), toda la masa de prisioneros se apartó de repente hacia un lado y se oyeron exclamaciones de horror y disgusto.
“¡Ah, los villanos! ¡Qué paganos! Sí; muerto, muerto, así es… ¡Y untado con algo!”
Pierre se acercó también a la iglesia donde estaba aquello que provocaba tales exclamaciones, y distinguió vagamente algo apoyado en la empalizada que rodeaba el templo. Por las palabras de