que la causa de la guerra era la ambición de Napoleón; al duque de Oldenburgo, que la causa de la guerra era la violencia cometida contra él; a los hombres de negocios, que la causa de la guerra era el Sistema Continental que estaba arruinando Europa; a los generales y viejos soldados, que la razón principal de la guerra era la necesidad de darles empleo; a los legitimistas de entonces, que era la necesidad de reestablecer les bons principes; y a los diplomáticos de aquella época, que todo resultaba del hecho de que la alianza entre Rusia y Austria en 1809 no había sido lo suficientemente bien oculta de Napoleón y de la torpe redacción del memorando número 178. Es natural que estas y una incontable e infinita cantidad de otras razones —cuyo número depende de la interminable diversidad de puntos de vista— se les presentaran a los hombres de aquel tiempo; pero para nosotros, para la posteridad, que contemplamos lo que sucedió en toda su magnitud y percibimos su sentido claro y terrible, estas causas nos pareces insuficientes. Para nosotros resulta incomprensible que millones de hombres cristianos se mataran y torturaran unos a otros ya fuera porque Napoleón era ambicioso o Alejandro firme, o porque la política de Inglaterra era astuta o el duque de Oldenburgo había sido agraviado. No logramos comprender qué conexión tienen tales circunstancias con el hecho real de la matanza y la violencia: por qué, a causa de que el duque fuera agraviado, miles de hombres del otro lado de Europa mataron y arruinaron a la gente de Smolensko y Moscú, y fueron muertos por ellos.
A nosotros, sus descendientes, que no somos historiadores ni nos dejamos llevar por el proceso de investigación y podemos, por