pertenecer. Los franceses lo seguían con los ojos llenos de asombro principalmente porque Pierre, a diferencia de todos los demás rusos que miraban a los franceses con temor y curiosidad, no les prestaba ninguna atención. A la puerta de una casa, tres franceses que le explicaban algo a unos rusos que no los entendían, detuvieron a Pierre preguntándole si no sabía francés.
Pierre negó con la cabeza y siguió adelante. En otra calle lateral, un centinela apostado junto a un cajón verde le gritó, pero solo cuando el grito se repitió de manera amenazante y oyó el chasquido del mosquete del hombre al levantarlo, comprendió Pierre que tenía que pasar por el otro lado de la calle. No oía nada ni veía nada de lo que ocurría a su alrededor. Llevaba su resolución dentro de sí, presa del terror y las prisas, como algo terrible y ajeno a él, pues, tras la experiencia de la noche anterior, temía perderla. Pero no estaba predestinado a llevar su estado de ánimo sano y salvo a su destino. E incluso si nada lo hubiera estorbado en el camino, su intención ya no habría podido llevarse a cabo, pues Napoleón había pasado el Arbát más de cuatro horas antes en su trayecto desde el arrabal de Dorogomílov hasta el Kremlim, y ahora se encontraba sentado, con un ánimo muy sombrío, en un estudio real del Kremlim, dando órdenes detalladas y exactas sobre las medidas que debían tomarse inmediatamente para extinguir el fuego, prevenir el pillaje y tranquilizar a los habitantes. Pero Pierre no sabía esto; estaba completamente absorto en lo que tenía por delante y se sentía atormentado —como lo están quienes emprenden obstinadamente una