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nydus/War and PeacePublic
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Primer Epílogo

ser el salvador de Rusia.

No hay nadie hoy en la literatura rusa, desde el colegial ensayista hasta el docto historiador, que no arroje su pequeña piedra contra Alejandro por las cosas que hizo mal en este período de su reinado.

«Éste debió de haber actuado de este y del otro modo. En este caso obró bien y en aquel mal. Se portó de manera admirable al principio de su reinado y durante 1812, pero actuó mal al conceder una constitución a Polonia, al formar la Santa Alianza, al encomendar el poder a Arakchéev, al favorecer a Golítsyn y al misticismo, y más tarde a Shishkóv y Focio. También obró mal al inmiscuirse en el ejército activo y disolver el regimiento de Semënov».

Se necesitaría una docena de páginas para enumerar todos los reproches que los historiadores le dirigen, basados en su conocimiento de lo que es bueno para la humanidad.

¿Qué significan estos reproches?

¿Acaso las mismas acciones por las cuales los historiadores alaban a Alejandro I (los intentos liberales del principio de su reinado, su lucha contra Napoleón, la firmeza que mostró en 1812 y la campaña de 1813) no brotan de las mismas fuentes —las circunstancias de su nacimiento, educación y vida— que hicieron que su personalidad fuera la que era y de las cuales también brotaron las acciones por las que se le culpa (la Santa Alianza, la restauración de Polonia y la reacción de 1820 y años posteriores)?

¿En qué consiste la sustancia de esos reproches?

Consiste en que un personaje histórico como Alejandro I, situado en la cúspide misma del poder humano, con la deslumbrante luz de la historia concentrada sobre él; un personaje expuesto a esas influencias, las más fuertes

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