vida de todo hombre: su vida individual, que es tanto más libre cuanto más abstractos son sus intereses, y su vida elemental de colmena, en la que obedece inevitablemente a las leyes que le han sido impuestas.
El hombre vive conscientemente para sí mismo, pero es un instrumento inconsciente en la consecución de los fines históricos y universales de la humanidad.
Un acto realizado es irrevocable, y su resultado, al coincidir en el tiempo con las acciones de millones de otros hombres, adquiere una significado histórico.
Cuanto más alto se halla un hombre en la escala social, con más personas está conectado y más poder tiene sobre los demás, más evidente resulta la predestinación e inevitabilidad de cada uno de sus actos.
“El corazón del rey está en las manos del Señor.”
Un rey es esclavo de la historia.
La historia, es decir, la vida inconsciente, general y de colmena de la humanidad, utiliza cada momento de la vida de los reyes como herramienta para sus propios fines.
Aunque Napoleón por entonces, en 1812, estaba más convencido que nunca de que dependía de él verser (ou ne pas verser) le sang de ses peuples —como expresó Alejandro en la última carta que le escribió—, jamás se había visto tan atrapado por leyes inevitables que le obligaban, mientras creía actuar por propia voluntad, a ejecutar para la vida de la colmena —es decir, para la historia— todo aquello que tenía que ser ejecutado.
Los pueblos del oeste se desplazaron hacia el este para matar a sus semejantes, y por la ley de la coincidencia miles de causas minúsculas encajaron y se coordinaron para producir ese movimiento y esa guerra: los reproches por el incumplimiento del Sistema Continental, los agravios al duque