compostura extraordinariamente desdeñosa con la que Speránski le respondió al anciano. Parecía dirigirle palabras condescendientes desde una altura inmensa. Cuando el anciano empezó a hablar demasiado alto, Speránski sonrió y dijo que él no podía juzgar la ventaja o desventaja de lo que complacía al soberano.
Habiendo hablado un rato en el círculo general, Speránski se levantó y, acercándose al príncipe Andréi, se lo llevó al otro extremo de la habitación. Era evidente que consideraba necesario interesarse por Bolkónski.
—No tuve oportunidad de hablar con usted, príncipe, durante la animada conversación en la que ese venerable caballero me envolvió —dijo con una sonrisa levemente desdeñosa, como insinuando con esa sonrisa que él y el príncipe Andréi comprendían la insignificancia de la gente con la que acababa de hablar. Esto halagó al príncipe Andréi. —Le conozco desde hace tiempo: primero por su actuación