que era imposible preguntar, o responder, con palabras. El rostro y los ojos de Natásha tendrían que decírselo todo de manera más clara y profunda.
Natásha la miraba, pero parecía asustada y dudaba si decir todo lo que sabía o no; parecía sentir que ante aquellos ojos luminosos que penetraban hasta lo más hondo de su corazón, era imposible no decir toda la verdad que veía. Y de pronto, a Natásha se le torcieron los labios, se formaron arrugas feas alrededor de su boca y, cubriéndose la cara con las manos, rompió a sollozar.
La princesa María lo comprendió.
Pero ella aún tenía esperanza, y preguntó, con palabras en las que ni ella misma confiaba:
“¿Pero cómo está su herida? ¿Cuál es su estado general?”
—Tú, tú… ya verás —fue lo único que pudo decir Natasha.
Se sentaron un rato