carrera, mientras que renovar sus antiguas relaciones sin intención de casarse con ella sería deshonroso. Borís tomó la determinación de evitar encontrarse con Natásha, pero a pesar de esa resolución volvió a llamar unos días después y comenzó a visitarla con frecuencia y a pasar días enteros en casa de los Rostóv. Le parecía que debía tener una aclaración con Natásha y decirle que los viejos tiempos debían olvidarse, que a pesar de todo... ella no podía ser su esposa, que él no tenía medios y que jamás le permitirían casarse con él. Pero no logró hacerlo y se sentía incómodo ante la perspectiva de entablar tal aclaración. Día tras día se encontraba más y más enredado. A los ojos de su madre y de Sónya, Natásha estaba enamorada de Borís como en los viejos tiempos. Ella le cantaba sus canciones favoritas, le mostraba su álbum haciéndole escribir en él, no le permitía aludir al pasado, dando a entender cuán delicioso era el presente; y todos los días él se marchaba aturdido, sin haber dicho lo que pretendía, sin saber qué hacía ni a qué venía, ni cómo terminaría todo aquello. Dejó de visitar a Elèn y recibía notas de reproche de su parte todos los días, y aun así seguía pasando días enteros con los Rostóv.
XIII
Una noche, cuando la vieja condesa, en cofia y bata, sin sus rizos postizos y con su pobre y pequeño moño asomando bajo el gorro de algodón blanco, rezaba arrodillada, suspirando y gimiendo sobre una alfombra e inclinándose hasta el suelo, la puerta chirrió y entró corriendo Natasha, también en bata, con zapatillas en los pies descalzos y el cabello en papillotes. La condesa —con