y, sin responderle a madame Schoss, que le preguntó qué decía, salió de la habitación.
Su hermano Pétya también estaba arriba; con el criado que lo atendía, estaba preparando fuegos artificiales para encender esa noche.
“¡Pétya! ¡Pétya!”, le llamó. “Llévame abajo”.
Pétya se acercó corriendo y le ofreció la espalda. Ella saltó sobre él, rodeándole el cuello con los brazos, y él avanzó dando saltos con ella.
“¡No, no... la isla de Madagascar!”, dijo ella, y saltando de su espalda bajó las escaleras.
Habiendo, por decirlo así, pasado revista a su reino, puesto a prueba su poder y cerciorado de que todos le eran sumisos, pero de que a pesar de todo aquello era aburrido, Natasha se dirigió al salón de baile, tomó su guitarra, se sentó en un rincón oscuro detrás de una librería y comenzó a pasar los dedos por