baile (ya pasado de moda) que se había puesto en su primer baile en Petersburgo.
Natásha sentía vergüenza de no hacer nada cuando todos los demás estaban tan ocupados, y varias veces aquella mañana había intentado ponerse a trabajar, pero no le ponía el corazón, y no podía ni sabía hacer nada si no era con toda su alma y con todas sus fuerzas.
Durante un rato se había quedado junto a Sónya mientras empaquetaban la vajilla e intentó ayudar, pero pronto lo dejó y se fue a su habitación a empaquetar sus propias cosas.
Al principio le pareció divertido regalar vestidos y cintas a las criadas, pero cuando eso terminó y aún quedaba por empaquetar lo que sobraba, le resultó aburrido.
—¡Dunyásha, haz las maletas! Lo harás, ¿verdad, querida? Y cuando Dunyásha le prometió de buena gana hacerlo todo por ella, Natásha se sentó en el suelo, tomó su viejo vestido de baile y cayó en ensoñaciones de todo punto ajenas a lo que debía ocupar sus pensamientos en ese momento.
La sacaron de su ensoñación la charla de las criada en la habitación de al lado (que era la suya) y el ruido de sus apresurados pasos hacia el porche trasero. Natásha se levantó y miró por la ventana. Una fila enormemente larga de carros llenos de heridos se había detenido en la calle.
El amo de llaves, la vieja nodriza, los cocineros, cocheros, sirvientas, lacayos, postillones y pinches de cocina estaban de pie en la puerta, mirando fijamente a los heridos.
Natásha, echándose un pañuelo limpio de bolsillo sobre el pelo y sujetando un extremo con cada mano, salió a la calle.
La antigua ama de llaves, la